Las imágenes de las mujeres inglesas que salieron
a la calle pidiendo el voto femenino en el siglo XIX pertenecen
a una Historia ya escrita. La mujer que se afana todavía
por competir con el hombre en los puestos de trabajo,
por tener el mismo sueldo e igualdad de oportunidades,
es actualidad.
Todavía en Europa la diferencia entre salarios,
en el mismo puesto de trabajo, entre hombres y mujeres,
es de un 20%. Una reciente encuesta en Chile habla de
que sólo el 42% de las mujeres prefiere la maternidad
al trabajo profesional en caso de tener que elegir.
Existe un esfuerzo titánico por solucionar el
conflicto que se ha creado entre maternidad y realización
profesional. Estos son los temas que preocupan y ocupan
a gran parte de las mujeres occidentales.
Estamos siendo protagonistas de una revolución
silenciosa, originada por la coincidencia de varias causas
destacadas. En primer lugar la mentalidad reinante que
promueve el trabajo profesional fuera del hogar, como
elemento indispensable para la realización personal.
Nos “hemos” convencido de que un buen trabajo
se mide por el sueldo que se recibe, el éxito que
se tiene, y el poder que nos ofrece. En el hogar no hay
sueldo por el trabajo que se realiza, el éxito
se ve muy a largo plazo cuando los hijos salen adelante
en la vida, y la mujer tiene la impresión de que
es la “sirvienta” de todos.

Se ha olvidado que el trabajo es el medio por el cual
el hombre y la mujer aplican su libertad, su inteligencia
y sus capacidades físicas para cultivar y transformar
los bienes naturales, materiales y no materiales, adaptándolos
a sus propias necesidades, las de su familia y las de
la sociedad. Toda actividad que realiza estos fines es
un trabajo y por lo tanto un medio de realización
personal, aunque no se reciba un sueldo, nadie lo sepa,
y se practique solo.
Por otro lado ha influido el acceso de la mujer a los
estudios, especialmente los estudios superiores. En todos
los países de la Unión Europea con excepción
de dos, el índice de mujeres que terminan sus estudios
superiores es mayor que el de los hombres. Una mujer preparada
profesionalmente quiere aplicar cualidades y conocimientos.
De la teoría y de los libros quiere llegar a ser
agente de transformación de la realidad estudiada.
Al mismo tiempo, los avances tecnológicos han
hecho que el trabajo dependa menos del esfuerzo físico
y se han creado más puestos de trabajo que las
mujeres pueden ocupar. Lo que antes se hacía a
mano, ahora se hace por computadora o con la ayuda de
una máquina. El sector laboral de servicio se ha
ampliado enormemente; ejemplo de ello es la creación
de puestos donde lo único que se necesita es saber
hablar y usar un teléfono o una computadora. O
bien una mujer puede mover un bloque de piedra si tiene
la habilidad de saber manejar una grúa.
Además siguen aumentando los casos de mujeres
solas, que necesitan trabajar para salir adelante, y en
muchas ocasiones con hijos que dependen de ellas. Mujeres
divorciadas, madres solteras, necesitan un trabajo de
remuneración económica que sólo se
consigue con un puesto fuera del hogar.
No hay marcha atrás. Es un hecho que la práctica
totalidad de las adolescentes occidentales ve su futuro
ligado al hecho de tener un trabajo fuera del hogar como
medio indispensable de realización personal, y
proyecta su vida de acuerdo a esta aspiración:
elección de estudios o carrera, aprendizaje de
idiomas, elección de ciudad o país, etc.
Las consecuencias llaman a la puerta de la realidad.
El ambiente laboral se ha visto enriquecido con la presencia
femenina y su estilo de trabajo, que proviene de su misma
identidad; la valoración de la mujer ha crecido
porque se ha redescubierto la dignidad humana de la que
es portadora al igual que el hombre; aumenta el número
de hombres que han comenzando a involucrarse más
en la vida de familia, en la educación de los hijos
y las tareas domésticas, y están redescubriendo
que la paternidad va más allá de aportar
una utilidad económica. Ellos también están
creciendo como personas tanto en el trabajo como en la
familia, aprendiendo de la mujer a desarrollar su mundo
afectivo, a practicar el diálogo, la escucha, la
flexibilidad y la atención prioritaria a la persona.
Las mujeres que optan por la maternidad
y que no están dispuestas a quedar “estacionadas”
en su carrera profesional, están empujando directa
o indirectamente a los gobiernos a crear nuevas leyes
que las amparen, incluso con importantes consecuencias
para la empresa. En Finlandia por ejemplo, se dan a la
mujer once meses de baja por maternidad y al cabo de los
mismos se tiene la opción de no volver a trabajar
en los siguientes tres años, sin perder sueldo
o puesto de trabajo.
Pero sería ingenuo dejar de hablar de otras consecuencias
igualmente presentes; la mujer que quiere ser madre encuentra
pocas ayudas reales, y ello le exige un esfuerzo sobrehumano,
con jornadas de trabajo de 12 y 14 horas, para cubrir
las necesidades familiares y alcanzar las exigencias de
su trabajo. Ello afecta no solo su salud, sino su psicología.
Hay quien achaca a esta causa, el fenómeno creciente
de la agresividad femenina.
La maternidad, entonces se ve como obstáculo a
la realización personal de la mujer, pues la “aleja
o detiene” en la carrera profesional. La mujer se
ve “obligada” a retrasar la edad para casarse,
al igual que la venida del primer hijo, para poder seguir
en su trabajo. El número de hijos promedio se reduce
en todas las sociedades, pues es más difícil
combinar su cuidado y educación con el rendimiento
en un trabajo externo.
Los hijos crecen con extraños y en situaciones
familiares anómalas. Existe una proporción
directa entre las actividades delictivas de los jóvenes
y el hecho de provenir de familias rotas o haber crecido
“casi solos” por la ausencia de los progenitores,
o al menos de uno de ellos en el hogar.
Una revolución se define como un cambio radical
en las instituciones políticas, económicas
o sociales de una nación, es decir un cambio substancial
en las estructuras. Las estructuras sociales están
cambiando a raíz de la inserción de la mujer
en el trabajo. Es una revolución, que por silenciosa,
no es menos real. Toca decidir hacia dónde queremos
orientarla y cuál es el estilo de sociedad que
se quiere configurar.
La sociedad está hecha por seres humanos que
nacen, se educan y aprenden el arte de la humanidad, del
trabajo y de fraternidad, en la familia natural, formada
por un hombre y una mujer que se esfuerzan por amarse
y tienen a sus hijos como prioridad en sus vidas.
Por ello está revolución dejará
en pie a las sociedades que legislen primando el valor
del ser humano, especialmente de aquellos más necesitados;
que promuevan y apoyen la familia natural donde los padres
puedan libremente y sin angustias económicas, elegir
el número de hijos, y ofrecerles el cuidado que
necesita su educación; la sociedad que vuelva a
valorar la maternidad femenina como uno de los hechos
que más realiza a la mujer, como nunca lo hará
la adquisición de un bien económico.
Bien se podría decir entonces, que el secreto
es descubrir que “el trabajo (del hombre y de la
mujer) es para la familia y no la familia para el trabajo.” |