A veces nos quejamos de que las familias no se hablan.
No es que no se hablen el papá y la mamá,
los papás y los hijos, los hermanos entre sí.
Lo que pasa es que parece que no hay tiempo para sentarse
y discutir, con calma, sobre los temas que interesan a
todos.
Resulta necesario, hoy como siempre, aprender el difícil
arte del diálogo. La primera lección es
fácil de comprender pero difícil de practicar:
para poder entablar un verdadero diálogo hace falta
abrir un buen espacio en el propio tiempo para, simplemente,
ponerse en actitud de escucha. Sí: escuchar es
la primera condición para poder empezar un diálogo,
pues nos permite acceder a la intimidad, a los intereses,
a los dolores y cansancios del otro.
Al mismo tiempo, dispone nuestro corazón para
la acogida. Dialogar no es siempre dar. Muchas veces,
quizá la mayoría, será recibir, aceptar,
tal vez aguantar, pero todo con un cariño especial:
alguien me abre su corazón, su vida, sus angustias
y sus esperanzas. Me interesa lo que dice porque me interesa
lo que es, lo que sueña, lo que ama. |
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Encontrar tiempo para escuchar
significa dejar de lado otras cosas que nos interesan
mucho, pero que no son tan importantes. Muchas veces nos
quejamos de la falta de tiempo. Y, sin embargo, pocos
hombres y pocas culturas han gozado y gozan del tiempo
libre que el mundo moderno ha puesto a disposición
de muchos (aunque, por desgracia, no de todos). Lo que
pasa es que ese tiempo libre ha quedado llenado por mil
cosas que nos impacientan, nos agobian, nos aplastan.
Conviene, de vez, en cuando, renunciar, dejar, apagar,
detener el frenesí habitual. Sentarse con la esposa
o el esposo, llamar a los chicos (que también viven
frenéticamente entre el deporte, los estudios,
los amigos y la televisión, si es que no han caído
en el vicio devastante de los “videojuegos”)
y crear un clima para la escucha. Lo que uno deje de lado
será siempre menos importante que el amor entre
los esposos y el amor entre padres e hijos. Aunque se
trate de no ver algún día un partido de
mi equipo favorito...
Si el tiempo es una condición elemental para
que se dé un diálogo en la familia, la segunda
condición resulta igualmente básica, pero
un poco más difícil. Conversar significa
que escucho a alguien que me dice algo, o que hablo ante
alguien que me escucha. “¡Elemental, has descubierto
América...!” podrá decir alguno. Pero
no es tan fácil tener “algo que decir”,
encontrar eso nuevo, interesante, humano, enriquecedor,
que hace que tengamos unas ganas enormes de hablar, de
gritar, de comunicar lo que hemos descubierto u otro me
ha enseñado.
Muchos silencios en familia nacen de la triste realidad
del “no sé qué decir a los míos”.
Esto puede tener dos causas: o los míos no se interesan
para nada de mí (y entonces ya no son tan “míos”);
o yo pienso que soy tan pobre humanamente que no puedo
decir nada nuevo.
Basta con abrir un poco los ojos ante el misterio de
la vida para encontrar que hay mucho, muchísimo
que decir. Hoy será el esposo y padre que cuenta
una aventura en su trabajo, y cómo ha descubierto
que un amigo, tenido por todos como tramposo, resultó
ser de una honestidad ejemplar. Mañana será
la esposa y madre que también habrá descubierto
algo en el trabajo o en las tareas domésticas,
o que habrá escuchado un programa interesante en
la radio.

No son pocas las familias en las que los papás
cuentan a los hijos una película que acaban de
ver, o un viaje interesante que hicieron de jóvenes,
o la historia del abuelo o de la abuela, esos ancianos
que también tienen mucho que decir en el mundo
familiar. Y los pequeños y los no tan pequeños
podrán también enriquecer a los demás
con las aventuras de la escuela, o un accidente en el
juego, o el encuentro por la calle con un misterioso señor
de barbas largas que anda todos los días con un
carrito ruidoso por entre las palomas de la plaza mayor...
Cada hombre y cada mujer tienen su “pequeña
historia” y su “pequeña ciencia”,
encierran un libro que experiencias y de consejos que
pueden servir para todos. También los jóvenes
pueden dejar perplejos a sus mayores cuando exponen reflexiones
que dan mucho que pensar por el radicalismo y el anhelo
de justicia que es propio de quien empieza a asomarse
al mundo de los adultos (muchas veces ya acomodados en
nuestras perezas o cobardías). Pero no por ello
dejarán esos mismos jóvenes de sentir la
necesidad de una palabra de aliento a la hora de escoger
una carrera, de optar por un trabajo, de iniciar a salir
con un chico o una chica que quizá mañana
podrá ser el esposo o la esposa para siempre...
Aprender a dialogar en familia es algo asequible a todos.
Basta con apagar, de vez en cuando, el interruptor general
de la electricidad de la casa y reunir a “toda la
tribu” en el cuarto más grande para, simplemente,
escuchar y hablar. Así se ahorrará algo
en la cuenta de luz. Pero, sobre todo, se ganará
mucho en la cuenta del amor familiar. Y ese no tiene precio
en el mercado. |